Glory Through Suffering

Words: Graeme Fife | Date:

La historia del ciclismo de competición está repleta de historias de resistencia, fuerza de voluntad y gran coraje en dimensiones épicas. La capacidad de los ciclistas para llevarse incansablemente, día tras día, a través de los límites del dolor, y más allá, les convierte en una raza a parte. Redefinen el concepto de heroísmo en el deporte. El sufrimiento es gratuito, las distancias que recorren son épicas y esa combinación crea un crisol en el que se da forma a un carácter único: una aparentemente alegre indiferencia al dolor infligido por la bici y la carretera, oculto tras el deseo trascendente de conquistarlas.

La mayor batalla no es física sino psicológica. Los demonios que nos invitan a abandonar cuando nos forzamos al límite nunca podrán ser silenciados. Tienen que ser respondidos con la silenciosa y firme dignidad que simplemente rechaza darse por vencida. Dicen que no puede llamarse a nadie valiente hasta que no se lo haya demostrado a sí mismo. Esta fortaleza de carácter irradia de cada ciclista que demuestra tener el coraje necesario para no rendirse y ganarse su dignidad, día tras día.

La verdadera prueba de coraje para cualquier ciclista es la carretera. ¿Cuánto sufrimiento puedes soportar en una bicicleta? La respuesta solo la encontrarás cuando oigas esa vocecita en tu cabeza que te dice no, no ya basta, si sigues con esta paliza la vas a palmar, y aún así, por algún motivo desconocido, sigues adelante. Cada vez que esto sucede, con un viento de cara salvaje… en lo más alto de un puerto de montaña… los monstruos continentales decididos a acabar con la mayor de las voluntades, la experiencia es un proceso continuo y la batalla contra la rendición sigue.

A los simples mortales, nadie nos anima en los grandes puertos, pero las montañas están abiertas para todos y rara vez acaban contigo. Da igual cuantas veces las subas, nunca las vencerás: cada vez tienes que volver a empezar desde abajo, desde cero. La reputación nunca subirá un puerto por ti. La batalla física debe repetirse siempre. Y con cada repetición, aumenta tu fortaleza mental.

El Tourmalet, recubierto de neblina, a 2.000 m de altura en el Círculo de la Muerte, donde Apo Lazaridès se escondió un día esperando al pelotón por miedo a los osos pirenaicos. El temido Mont Ventoux, Territorio de los Ángeles. El Col du Galibier, el Gigante de los Alpes, “premier cru” para el “vin ordinaire” del resto. Aquí es donde puedes seguir el Tour, en el fino aire, en las incansables curvas de herradura, con los neumáticos silbando encima del catálogo de asfalto formado por los otros ciclistas del Tour que hicieron antes el mismo trayecto.
Sufrir es una cosa; saber cómo sufrir es otra bastante distinta. Echas un vistazo a las vertiginosas cumbres y te dices: ¿Qué? ¿Hasta allí? Sensación de locura… y la experiencia del ciclismo más duro y estimulante que puedas alcanzar se apodera de ti. El gran reto sobre dos ruedas, el triunfo de la autodeterminación sobre el escepticismo.
Y es que las montañas son el caso extremo, donde realmente uno se conoce a sí mismo, en los temibles reinos del esfuerzo físico y mental llevado al límite. Los puntos más altos de la geografía, las profundidades más recónditas de tu espíritu. Incluso la tradición local reconoce las fuerzas extrañas que afectan al ciclista que arriesga su suerte por unas pendientes infernales. Aquí, dicen, es donde los ogros de corazón negro de la mala suerte se pasean, y la sombra de la derrota se acerca para apoderarse de ti en cualquier momento en que bajes la guardia. El hombre del saco que personifica los factores misteriosos que pueden dejarte helado con la solitaria perspectiva del fracaso.

Es por este motivo que en el ciclismo hablamos de heroísmo: es elemental.

Esta es la ocasión definitiva de ponerte a prueba. Los maleficios que te bloquean la mente cuando tu cabeza se llena de trivialidades inconexas y solo las ruedas –respondiendo a cada golpe de pedal como los engranajes que hacen funcionar tu mente– parecen tener alguna lógica en todo esto. Mecánicamente murmuras: si la carretera sigue, también puedo hacerlo yo. Brian Robinson, el primer británico en acabar el Tour de Francia (1955) se dijo a sí mismo: Miré a los demás y pensé “son como yo. Si ellos pueden, yo también”. Buen razonamiento ya que no se aceptan peros. Es fácil: No puedo seguir adelante. Debo seguir adelante. Seguiré adelante.

Y una vez atravesado el periodo desalentador en el que tu mente se obsesiona con la idea de que has acabado, la magia sucede: persistes y aprendes la lección más importante del ciclismo, como todos los auténticos ciclistas hicieron antes: en esta carretera, y en estas condiciones, vives el momento con todas tus fuerzas, con la intensidad del momento. ¿Acaso hay una mejor definición de la euforia?

Subiendo el Col de la Core una tarde de calor abrasante (Primera Categoría, Pirineos) me adelantó un grupo de ciclistas de la Française des Jeux. Cuando me pasó el último hombre, se giró hacia mí y me gritó alzando la mano ¡Ánimo! Todos sufrimos. Sigue adelante.

Pero cuando algo duele tanto, ¿como puede ser placentero? En el momento en que el estrés físico empieza a arrastrarte a los límites de lo que considerabas soportable, entras en un nuevo territorio del conocimiento, un panorama psicológico ampliado. El compañerismo de la carretera consiste en compartir tanto estos pensamientos como también las risas al ir en bici en buena compañía. La bici es el vehículo perfecto para llevarte por estos pasillos secretos de iluminación. El placer aparece cuando te das cuenta de lo que ha ocurrido en el interior de tu mente y tu espíritu. Algo que no se detiene cuando la bici se detiene, o cuando llegas a lo alto del puerto o cruzas la línea de meta tan cansado que ni siquiera puedes pensar o mantenerte en pie. Aquí es donde empieza el placer. El autoconocimiento.

Detrás de la gloria se esconde la miseria del entreno, el esfuerzo de superar los días malos, el tormento de no estar a la altura y la convicción absoluta de que abandonar no es jamás una opción. Aquí radica el heroísmo de este bonito deporte, la revelación interior que inmuniza al ciclista frente a las debilidades ordinarias porque cada ruta que ha hecho en su vida le ha expuesto a la voz derrotista. La ha conocido, ha luchado contra ella y la ha vencido, una vez, y otra, y otra.

Share this